



Un entramado
puramente morisco sirve de hilazón a casas blancas
y callejuelas estrechas. Ni ruidos ni prisas
conocen este camino cuyas primeras referencias históricas datan del siglo
XII y como colofón, una huerta que muestra el
esplendor del jardín musulmán.
El cercano rumor del agua aconseja continuar disfrutando del paisaje. A través
de un bosque de pinos se accede al Nacimiento,
que sirve de puerta de acceso a la Catarata del Paraíso.
Las huertas de nísperos, chirímoyas y mangos reciben como maná bíblico este regadío. Pero no sólo los frutos subtropicales. También los viñedos, de los que se extrae mosto; tanto y tan bueno que anualmente
permite celebrar la Fiesta del Vino. Bodegueros
particulares compiten por conseguir el premio al mejor mosto de año, que después catarán todos los asistentes. Pan de leña y sabrosa
repostería completarán la oferta de una mesa apta para los paladares
más exquisitos.



